martes, 17 de noviembre de 2009

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Alguien dijo alguna vez que, al final, son nuestras obras las que hablan por nosotros, y el añorado Enrique Urquijo legó un amplio repertorio de canciones que nos hablan de alguien melancólico, tierno, y extremadamente sensible. Las siguientes diez canciones son un escueto ejemplo de ello.
Actualizado Martes , 17-11-09 a las 17 : 45
Fue en 1979 cuando Enrique Urquijo grabó su primera canción: “Por ti”. En ella el músico ya deja patente el espíritu nostálgico que marcaría su carrera: «Si estoy un día triste ya sabes que es por ti». Formaba parte de la primera maqueta que el grupo grabó, conocido por aquella época como «Tos».
Tras la muerte de «Canito», el mejor amigo de Enrique y batería de la formación, el grupo se reinventa con el nombre de «Los Secretos» y graban su primer EP, en el que se incluye“Déjame”, un pelotazo que se consagraría como himno del pop español y donde el Enrique sumiso y dependiente se sitúa al otro lado de la media naranja y es él quien, despechado, acaba con la relación: «Una vez estuve equivocado / pero ahora todo eso pasó / no queda nada de ese amor».
Pocos meses después, el EP se convertiría en un LP de doce cortes y, entre las nuevas canciones, se incorporó “Otra tarde”, un tema escrito años atrás entre «Canito» y Enrique. Acompañado por una deliciosa melodía, aquí volvemos a escuchar al Enrique necesitado de perdón y comprensión que sólo sabe querer: «¿Qué tengo que ser para ser algo? / Para quererte sólo valgo».
En la época en que «Déjame» triunfaba en todas las radios, apareció en escena una persona que dejaría una huella indeleble en el corazón de Enrique: Eloísa García-Moreno, su primer amor. Una tortuosa relación cuya ruptura marcó para siempre la trayectoria musical del artista y cuya frustración, no obstante, supuso una fértil fuente de inspiración: “Quiero beber hasta perder el control”, una polvorienta balada mezcla de country con ranchera en la que Enrique se sumerge en el alcohol para olvidar el dolor de un amor truncado, es un ejemplo de ello.
El quinto disco de Los Secretos, «Continuará» (1987), contó con una pésima producción que dio como resultado un sonido bastante pobre que, sin embargo, no fue obstáculo para que Enrique sacara a relucir su talento. Abriendo el disco, “Buena Chica” es una canción inspirada en algún amor de carretera con quien parece que Enrique compartió besos y trapicheos. Un tren del que bajó antes de que descarrilara y del que el músico confiesa que «aunque con poco apego a la vida», era «buena chica».
En directoEn 1988 se publica el primer directo del grupo, con “Volver a ser un niño” como joya del álbum. Inpirada en su nuevo amor, Valentina Lorenzo, en esta deliciosa composición Enrique habla del poder redentor del amor y confiesa que «después de andar a la deriva, por mares turbios de bebida, como un chiquillo falto de cariño, de pronto, es todo tan sencillo».
Una camarera de un pueblo con mar inspiró a Joaquín Sabina las primeras estrofas de una canción que éste le pasó a Enrique. A partir de esas primeras palaras, cada uno continuó la composición a su manera. Sabina acabó a pedradas contra una sucursal del Banco Hispanoamericano en “Y nos dieron las diez”, mientras un ebrio Enrique usó a su amante «como almohada» en “Ojos de gata”, preguntándose a sí mismo: «Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario».
En contraste con la mayor parte de los temas de Enrique, en “Pero a tu lado” («Dos caras distintas», 1995) redescubrimos a un un Enrique optimista y deseoso de vivir, aunque siempre acompañado de un amor que dé sentido a sus días: «Ayúdame y te habré ayudado / que hoy he soñado en otra vida / en otro mundo, pero a tu lado».
Después de 20 años de carrera, el grupo publica su primer «Grandes éxitos» (1996), en el que Enrique incluye “Agárrate a mí, María”, una auténtica joya rebosante de afecto y ternura dedicada a su hija María, de año y medio de edad, y en la que el artista asume el papel de niño desvalido que busca protección en los brazos de su hija.
Tras la publicación de ese recopilatorio, el grupo se tomó un descanso, que Enrique aprovechó para publicar su segundo disco con Los Problemas, «Desde que no nos vemos» (1998). De ese modo, llegamos al fatídico 1999.
Cuando se dice que la ruptura con Eloísa impregnó buena parte de sus composiciones, hay que destacar que ese recuerdo le acompañó hasta las últimas estrofas: como fruto de un encuentro fortuito con Eloísa en la primavera de aquel año, Enrique escribió “Hoy la vi”, canción póstuma que formó parte de «A tu lado», el disco con que Los Secretos homenajeaban al genial músico en compañía de otros artistas.
Bonus trackEn 1983, Los Secretos entraron en una crisis que llevó a Javier Urquijo a abanodonar el grupo. Con el nacimiento de María, Javier y Enrique abandonaron la tenasiónentre ambos y volvieron a trabajar juntos. “Hoy la vi” es sólo una de las composiciones que, en aquellos días de otoño, estaban puliendo ambos hermanos en compañía de Jesús Redondo, teclista de Los Secretos.
Hace apenas un mes que Javier publicaba «Ur&Gente», su primer disco en solitario y en él ha incluido una canción cantada a dúo con su hermano Enrique, “Agua de lluvia”. Con letra de Javier Urquijo y Jesús Redondo, ésta es, por ahora, la grabación más reciente de Enrique, a la que el artista imprime su caracterísitico aire melancólico cuando canta las primeras estrofas: «Cómplice de un sentimiento / que me lleva adonde voy / Extranjero de la noche nunca pido lo que doy / Yo reniego y me arrepiento desde antes hasta hoy / que es igual, yo soy lo que soy ».

Tal día como hoy de hace diez años, el músico moría en un portal del barrio de Malasaña
Enrique Urquijo: en un rincón del alma
Los cómic, otra pasión de Enrique Urquijo. Aquí, leyendo un ejemplar de Metal Hurlant /ABC
Actualizado Martes , 17-11-09 a las 16 : 46
Cuando en la barra de tu bar (podía ser el Penta, la Vía, el Honky) ya ves demasiados vacíos a derecha e izquierda, cuando en el futbolín de tu vida hay demasiados muñecos rotos, sólo y sólo entonces te has hecho viejo, cuando “llega un momento en que te haces viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir”, como cantaron losCeltas Cortos.

Hace diez años, diez años tal día como hoy, ya de anochecida, en que nos hicimos viejísimos de repente, cuando en una calle del barrio, del suyo, del nuestro, del de casi todos, en Malasaña, calle del Espíritu Santo, Enrique Urquijo, alma, corazón y vida de Los Secretos durante tanto tiempo, de Los Problemas en las últimas temporadas, cruzaba su última frontera, solitario como casi siempre, a lomos del caballo de su desesperanza, perdido definitivamente el norte de su brújula y de sus días, ese norte que buscó sobre un escenario, y luego al bajarse (jamás fue vulgar, jamás) en el amor, en las canciones, esas canciones que siempre parecieron costurones en su vida y en la nuestra.

El alma agonizanteEn los garitos de aquellas madrugadas, cuando el cuerpo (y el alma, sobre todo el alma) de la «movida» ya agonizaba, nadie decía una mala palabra de Enrique, sólo alguien de vez en cuando le reprendía en voz alta por no cuidarse y amarse lo que todos habríamos querido. Pero Enrique (sobre)vivía, escribía, componía y amaba así, con la frente marchita y los sentimientos en carne viva, los estribillos a flor de piel. Parecía que se dejaba las entrañas en cada estrofa, en cada verso, como si fuese a ser la última, cuando menos, la penúltima, como si cada rima fuese para Canito, para su hija María («¡Agárrate fuerte a mí María, que esta noche es la más fría, Y no consigo dormir!»), para los amores que se fueron y que nunca ya más volverían, ¿verdad buena chica?.

Podía subirse a las tablas en estado de coma, y no había manera de encontrar un punto, ni siquiera suspensivo, por más que sus compañeros de Los Secretos, Jesús, Ramón, Juanjo y su hermano Álvaro lo intentaran, e intentaran. Como intentan ahora rendirle homenaje, diez años después, en cada concierto. Podía desaparecer en cualquier calleja oscura, en cualquier bareto de cualquier ciudad en mitad de una gira. Podía cundir el pánico (y a veces cundía) y olvidaba una, dos, tres letras. Podía chalar un buen rato con el Príncipe Felipe (en el Honky) y llamarle Juan Carlos todo el rato. Pero era un compositor exigente, un músico minucioso, un buen colega, aunque de vez en cuando anduviese por las nubes, por sus nubes, tan parecidas a las del amigo Antonio Vega.

Y aunque muchas veces parecía que se iba a desplomar si el viento arreciaba, amaba el deporte, el aire libre, los niños. Pero viéndole grabar con Los Problemas (vaya nombre, luego dicen que era un triste) apreciabas al músico atento, al profesional que todas las caza al vuelo y que es capaz de poner orden y concierto en una banda de doce colegas con solo un gesto. Buscó paraísos perdidos y si los encontró se perdió en ellos. Se lo jugó casi todo a una carta («Nada me importa saber si hicimos mal /por apostarnos la vida a un solo as», cantaba en «Corazones de cartón»), la de su música y su desconsuelo, que muchas veces fueron lo mismo. Pero fue un padrazo capaz de entrar en trance cuando Emmylou Harris puso su mano de reina del country sobre el vientre de su compañera, que esperaba a su hija María.

Fue una sombra que podías cruzarte por las madrugadas desasosegadoras y en bancarrota de Malasaña, podías verle en cualquier chiringo echándose un trago y emborronando una servilleta, que luego sería otra obra maestra, de ésas que te ponían el corazón en un puño. Una de ésas madrugadas fue la última. Hace hoy diez años. Tenía 39. Se fue uno de los más grandes compositores de nuestra música popular, un cirujano de nuestras tristezas, un chamán para nuestros desconsuelos. Aquel anochecer de noviembre nos hicimos viejos de repente. Bebimos hasta perder el control. Aquel día de noviembre, el futbolín de nuestra vida perdió otro titular. Sus canciones ahí, valen para un roto del alma, para un descosido de las entrañas. Desde el fondo del penúltimo bar tres versos vuelven a desmadejarnos el corazón: «He muerto y he resucitado. Con mis cenizas un árbol he plantado, su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado».

¿PRESIDENTE O PRESIDENTA ?

Los participios activos son derivados de los tiempos verbales.

El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.

¿Cuál es el participio activo del verbo ser?

El participio activo del verbo ser, es "el ente". ¿Qué es el ente?.

Quiere decir que tiene entidad.


Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final "-nte".

Por lo tanto, a la persona que preside se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.

Se dice capilla ardiente, no ardienta; se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.

Nuestros políticos -y muchos periodistas- no sólo hacen un mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por ignorancia de la gramática de la lengua española.

Pasemos el mensaje a todos nuestros conocidos con la esperanza de que el mismo llegue finalmente a todos esos ignorantes.
El que mandó esto frustró a un grupo de hombres que se había juntado en defensa del género.
Ya habían firmado:

el dentisto,
el poeto,
el sindicalisto,
el pediatro,
el pianisto,
el turisto,
el taxisto,
el artisto,
el periodisto,
el violinisto,
el telefonisto,
el gasisto,
el trompestisto,
el techisto,
el maquinisto,
el electricisto,
el oculisto,
el policío del esquino
y, sobre todos, ¡el machisto!


Nota final:

Uno que está muy bien y que sí podemos aceptarlo ..

-actualmente , en vez de decir :
"esa persona es UN CARGO PUBLICO" ,

-podeis decir sin ánimo de equivocaros:
"esa persona es UNA CARGA PUBLICA" ... (SIN COMENTARIO)

POR FAVOR, PÁSENSELO A LA MINISTRA DE IGUAL-DÁ .


domingo, 11 de octubre de 2009

Los valores del hombre moderno del Siglo XXI

Los valores del hombre moderno del Siglo XXI


Con el paso de los siglos el ser humano ha incorporado nuevo valores que se ajustan a los tiempos que corren. A continuación Quino explica cuáles son los valores que dominan al hombre moderno:


domingo, 4 de octubre de 2009

LA GENERAL PESCANOVA




Estoy con la ministra de Defensa. Hasta la muerte. A mí tampoco me parece bien que nuestros pesqueros en el Índico lleven a bordo soldados españoles que los defiendan de los piratas. Otros países, como Francia, sí lo hacen; pero todo el mundo sabe que los franceses son unos fascistas de toda la vida, y les gusta mucho darle al gatillo, como si estuvieran siempre en Dien Bien Fú. Unos peliculeros fantasmas, es lo que son. Nada que ver con la sobria serenidad española. Además, como muchos gabachos salen rubios, desprecian a los subsaharianos afroamericanos de color y no les importa darles matarile sin complejos; como cuando pillaron a aquellos pobres somalíes que sólo disparaban y secuestraban para ganarse la vida, los pobres, y les dieron las suyas y las del pulpo, en vez de pagar humanitariamente el rescate, como hicimos nosotros, y hasta luego Lucas. Pero España, no. Aquí las fuerzas armadas las tenemos para otras cosas. Para combatir seis horas bajo fuego de morteros en Afganistán, por ejemplo, y que luego la ministra del ramo sostenga, mirándote con firmeza castrense a los ojos, que aquello no es misión de guerra, sino actuación humanitaria de paz cuyas reglas de confrontación, según los protocolos coyunturales intrínsecos, requieren cierta esporádica contundencia. Por eso allí al enemigo no se le llama enemigo, sino elemento incontrolado. O como mucho, cuando la ministra va a hacerse alguna foto y abrir telediario, diablillos traviesos y picaruelos gamberretes. Talibancillos díscolos que con una pizca más de democracia occidental serán pronto ciudadanos de provecho, con crédito en el banco y barbacoa los domingos. Por su parte, los soldados que patrullan cada día jugándose los aparejos los llaman de otra forma. De hijoputas para arriba. Pero, cuando eso ocurre, la ministra no está allí pegando tiros y comiéndose el marrón. Comprendámosla. Está aquí, y no lo oye.

En cuanto a los pesqueros, ya digo. La ministra de Defensa –un día tengo que averiguar, por curiosidad, qué es lo que defiende, exactamente– ha dicho a los armadores que, si sus barcos quieren seguridad, pesquen en grupo, todos amontonados en el mismo sitio. De ello puede deducirse que no tiene ni remota idea de lo que es un pesquero faenando, pero eso no altera el concepto básico. Y el concepto indiscutible es que habrá, desde luego, más seguridad si los diecisiete atuneros españoles se quedan todos juntos en el mismo sitio, borda con borda, que si andan por ahí dispersos, a la buena de Dios, estropeando el dispositivo chachi que los protege. Que luego pesquen o no pesquen es lo de menos, porque por encima de esos detalles está el de la securitas, securitatis. Y si además se amarran unos a otros y ponen en el centro del paquete a la fragata Canarias, perfecto. Más seguros, imposible. A ver qué pirata se lleva por el morro un barco trincado de esa forma. Luego igual tocan a un atún por barco o vuelven todos a puerto con las bodegas vacías; pero, eso sí, protegidos de cojones. Lo que hace falta, como ven, es más voluntad constructiva, más ideas y menos demagogia.

Respecto al personal protector, tres cuartos de lo mismo. Dice la ministra, con buen juicio, que de soldados nada. Que los barcos lleven guardias de empresas privadas, si quieren. Al principio era sólo con porras, esposas y cosas así. Perfil bajo. Discreto. Pero en vista de las protestas de los armadores –otros fascistas que te rilas– el ministerio ha dicho bueeeno, vale. Transijo por esta vez. Ahora los autoriza a llevar escopetas. Fusiles de largo alcance, ha dicho alguien, como si los hubiera de corto. Es verdad que, frente a los RPG y las armas automáticas de los piratillas traviesos, eso no sirve para nada. Para ese tipo de zafarranchos hay que estar al día en el asunto del bang, bang. Como la infantería de Marina, por ejemplo, que toca esa tecla desde antes de Lepanto –otra operación contra piratas, por cierto–, y cuyo propio nombre lo indica. Pero oigan. Es lo que hay. Si los seguratas no dan la talla, que los pesqueros se gasten la pasta contratando a mercenarios con experiencia bélica, como Bush en Iraq, y allá se las compongan. Y si no, que abanderen los barcos en Francia. También la ministra tiene derecho a dormir tranquila, conciliando el sueño; y sólo imaginar que un soldado español se cargue a un negro anémico, aunque el tostado lleve un bazooka al hombro, se lo quita. Se le abren sus carnes morenas. A ver qué iban a decir los periódicos y algunas oenegés al día siguiente, al enterarse de que el soldado Atahualpa Fernández, natural de Lima, y la cabo Vanesa Pérez, de San Fernando, infantes de marina de la Armada española destacados en el atunero Josu Ternera, le habían metido un par de cargadores de HK calibre 5,56 entre pecho y espalda a un somalí flaco y desnutrido que, para poder comer caliente y sin otra opción en la vida perra, no tenía más remedio que tirar cebollazos de lanzagranadas contra el puente del pesquero. La criatura.